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La mística del Norte

Karim Ayame | Catamarca

Cuando emprendimos el viaje al Norte, nunca imaginé todo lo que iba a experimentar y ver en ese lugar. El punto de partida fue Tinogasta, y esto de cierta manera fue la “sal” del viaje, todas las montañas del valle Tinogasteño nos hicieron un guiño.
Que el punto de partida sea ese lugar, personalmente, fue un buen augurio. Dejamos atrás al gigante dormido, y siguiendo al Río Abaucan llegamos al cruce de rutas, para tomar camino a Belén. Los paisajes eran información totalmente nueva, no podía dejar de observar la Naturaleza del NOA.
Fueron muchos kilómetros, que se pasaron rápidos; no nos percatábamos del tiempo, no había tiempo para saber la hora, los paisajes afuera captaban toda nuestra atención. Así como pasa el tiempo cuando las palabras de las charlas entre amigos rellenan el vacío. En el norte los espacios son inmensos, el zumbido de la puna me ensordecía, el soplo del viento nos envolvía. Nunca voy a olvidar el primer contacto visual con el Campo de Piedra Pómez.
Es un gran camaleón de piedra, que con el paso del día, y con el recorrido del Sol, va cambiando gracias a las sombras y las formas. La noche fue sorprendente, la luna llena iluminaba todo el Campo, paradójicamente estábamos en un Glaciar, esa fue mi sensación.
El calor del día había desaparecido por completo, y ahora el frío de la puna nos hacía temblar. Las montañas del Norte todo el tiempo me recordaban que somos una extraña y pequeña especie que recorre este planeta. Las dimensiones cambian por completo, las referencias son otras. Uno vuelve diferente, mejor, tranquilo. Con nostalgia pienso en esos días de peregrinaje por la Puna, fuimos en búsqueda de la mística del Norte, y la encontramos.