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Bex Magazine #26 Dossier Argentina

Jopará Paraguay

Colectivo a pedal - Matías Barutta y Diego Marés (Bs. As.)

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"Por el borde del monte, por la orilla del río, por la comisura de los labios... Jopará"

Jopará en guaraní quiere decir “mezclado”, y es precisamente esa mezcla entre guaraní y castellano que hoy prevalece como lengua de uso general en un Paraguay con una población mayormente mestiza. Pero más allá del mestizaje que recorre al Paraguay, Jopará es una construcción social única, tangible y visible, que rebalsa lo lingüístico y se impregna en los cuerpos y la cultura de un pueblo sin olvido, donde la brecha entre ricos y pobres es inocultable y la democracia se encuentra maniatada. Nuestras lentes, como un machete oxidado y sin filo, inagotable en su labor, abren camino entre la maleza que oculta al Paraguay. Un lago azul de canciones donde flotan leyendas y grandezas de pescadores; un desierto verde entrecortado por picadas donde deambulan “poras” al caer la noche y nada se oye más que esa música, sabor a fiesta de copetín, en la lejanía. La Patria, una isla perdida entre fronteras en un Chaco hostil y a la vez hospitalario. Allí donde todos son pasajeros y nadie es de ningún lado, el silencio se comparte en torno al tereré fresco que aliviana el agobiante calor de la intensa jornada de trabajo.

La fragancia del burrito, la frescura del quebracho y la fortaleza del lapacho. Yuyos pa´ curar y caña pa’ brindar por alguna nostalgia perdida o por la pasión de esa muchacha de dulces curvas, ojos negros y tez morena. En un mercado flotante, navegamos por el río Paraguay. Sus tibias aguas corren de norte a sur y dividen al país entre Chaco y Oriente, mientras que las vetas de oro atraviesan de este a oeste los frondosos cerros del departamento de Guairá y los condenan a una muerte a cielo abierto. La cal y el cemento de Vallemí no alcanzarán para reconstruir lo irreparable en un país donde un 2% de la población posee un 70% del territorio. Un país de repartos injustos, donde los campesinos sin tierra valerosamente enarbolan la resistencia pasiva de aquel que sabe esperar, con el monte como guardián, y en busca de una sociedad más orgánica y equitativa.
Por este Paraguay profundo transitamos, intentando desgranar a ese ser ligado al monte y contrariado con el sojal; de raíces originarias y adoctrinado en el cristianismo; vocero terrenal en la dicotomía entre campo y ciudad; poseedor de la robusta sabiduría de vivir con la tierra y contra la correntada.

Imágenes tomadas entre el 15 de Abril y el 15 de Junio del 2011 en Asunción, Estancia la Patria, Filadelfia,
Capiibary, Colonia Independencia, Paso Yovaí, Troche, Concepción, Vallemí, Aregua, Ypacaraí, y por los ríos y caminos del Paraguay.

“¿Y después?” Paraguay, tierra roja, como la sangre que la trabaja y que la tiñe.
Grandes latifundios y los sin tierra entrelazándose en la constante lucha por y contra la propiedad. Los pocos incluidos y los vastos excluidos redefinen lo que les queda aventurándose a vivir o a sobrevivir en una tierra de repartos injustos por excelencia. Un Estado definido por sus aguas: el Pilcomayo, el Paraguay, el Apa y el Paraná Guasú; venas mestizas que se desangran caudalosamente cuando el privado se afianza en la economía. Una nación que crece mirando al otro lado del río, mientras el monte agoniza en nombre del progreso y los transgénicos se comen de a poco al pueblo. Trashumantes de la desgracia, las guerras de la Triple Alianza y del Chaco diezmaron su población, hasta convertir niños en soldados en pos de una patria traicionada por su misma sangre latinoamericana. Puñales que dejaron su marca en el incipiente estado paraguayo, como la perpetua mentira democrática de Stroessner por más de treinta años. “Ellos trajeron las cosas, antes no había cosas”, relata una anciana tupí-guaraní. Occidente, abrazado al cristianismo, trajo un nuevo dios para llorar, mientras que saquea el monte, y con él, a una cultura que no encuentra en el dinero un medio para proyectarse. Imágenes que explotan frente a inquietas miradas y dulcemente, el guaraní, les da su sonido y su voz. Colorado, de izquierda o liberal; indígena, menó, rapaí, paragua, kurepa… la mulatez de la tierra recorre la blancura de las manos. Polkita paraguaya, whisky paraguayo, sopa paraguaya… jopará.
El nacionalismo enfrentado al éxodo masivo. Armas y mujeres, machismo, deforestación, turbias fronteras, contrabando, comercio de puchero e impunidad cotidiana. Marihuana y soja, “Paraguay forexport”; y el comercio interno alcanzando niveles inocentemente dañinos. La ausente legalidad de un Estado de derecho, recompuesta sin violencia en el día a día. Hoy, en el “Paraíso de Mahomet”, en ese Paraguay que no fue, un originario se lanza con agua sobre el parabrisas de un auto en Ciudad del Este, mientras que las grandes corporaciones definen el rumbo de un país que a los ojos del mundo merece ser agroexportador de primera, siquiera para que al menos exista. En el olvidado patio trasero de Latinoamérica, la serenidad y la hospitalidad extrema de un pueblo oculto bajo un profundo mirar: el Paraguay rebosa de vida en su tranquilo andar.

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